Cafam se metió en mi vida, para quedarse 

Cajas de Compensación 

Cafam se metió en mi vida, para quedarse 

Voy a contar esta historia sin ‘lambonería ni lagartería’. La cuento porque es verdad y le sirve como estímulo a la seguridad social y a la compensación familiar. Este es el testimonio de la experiencia personal del periodista Amílkar Hernández, y su relación de más de medio siglo (50 años) con una caja de compensación. 

Por AMÍLKAR HERNÁNDEZ 

La marca Cafam me ha perseguido por más de 50 años. Desde niño me hizo coquitos, me dejé alcanzar y conquistar, me cautivó y me quedé con ella. Seguramente me acompañará hasta el final de mis días. 

Todo comenzó por allá a finales de la década de los sesenta, cuando me llevaron por primera vez a Melgar y conocí el incipiente centro vacacional de Cafam. Era simplemente un espacio verde donde se levantaban unas pocas carpas para hacer camping. La cocina y el baño eran compartidos. Las serpientes asustaban a los novatos visitantes de un lugar con una vegetación espesa. 

Espérame entre Palmeras 

Pasaron los años y el centro vacacional mejoraba a toda carrera. Palmeras se volvió ideal para un pasa día. Allá disfrutaba con mi familia materna, con mis compañeros de trabajo de Carulla y luego con Isabel Cristina González, mi esposa, y mis hijos Gabriel, Daniel y Esteban. Para todos, no solo era un lugar atractivo por sus piscinas, sino por sus cómodos precios. 

Más tarde, cuando ejercía el periodismo, Cafam siguió en la mira. Por la década de los 80, el Círculo de Periodistas de Bogotá (CPB) recibió en comodato el Club La Herradura, vecino del centro vacacional de Melgar. Allí, Arcesio Guerrero, director de la Caja en ese entonces, nos ofreció la logística para atender a los socios y sus familias en las fiestas de fin de año. 

Y, yo en particular cuando ejercía la dirección del noticiero Cinevisión, entre 1988 y 1991, recibí varias invitaciones de María Teresa Peresón, directora de relaciones públicas de entonces, para pasar fines de semana con mi familia en las casas del centro vacacional que ya pintaba como una gran ciudadela. 

La Cafamilia feliz 

No recuerdo la fecha, pero en una oportunidad le escribí a María Teresa un artículo para la revista institucional que titulé la Cafamilia feliz. En esa crónica contaba que el centro vacacional era como un pueblo, donde había un alcalde que era el gerente, empresa de recolección de basuras, centro de salud, templo, discoteca, hotel, lago, coliseo, un zoológico y mucho más. 

En 1977, Cafam abrió un concurso de periodismo para premiar los trabajos relacionados con la construcción y puesta en servicio del complejo de Cafam en La Floresta, noroccidente de Bogotá. Me lo gané con una publicación en el periódico El Siglo, donde era reportero, y en octubre de 1978 Arcesio Guerrero me entregó, con todos los honores, una bandeja de plata. Y es que La Floresta fue otro polo de atracción y encuentro con Cafam. Como trabajaba los fines de semana, los lunes de descanso eran para almorzar en el restaurante de Cafam y hacer mercado en el supermercado, obviamente, de Cafam. Me volví desde entonces en un muy buen cliente de Cafam. 

Cuando he hablado de toda mi familia, me refiero no solo a Isabel Cristina y nuestros hijos sino a mi hermana Luz Nubia y a mi madre Mariana Fernández, quien hasta los últimos días de sus 97 años de vida recibió atención médica de los servicios de Cafam. 

Periodistas por todos lados 

Arcesio Guerrero siempre tuvo muy buena relación con los periodistas. Y eso lo heredó Luis Gonzalo Giraldo, actual director administrativo. Por convocatoria de Raúl Rodríguez, jefe de prensa de entonces, anualmente Cafam invitaba a un grupo de comunicadores de diferentes medios a pasar un fin de semana en el entonces ya emblemático hotel Kualamaná. Igualmente, cada año, Luis Gonzalo y Raúl invitaban a un grupo periodistas a unas deliciosas y etílicas tertulias en los elegantes salones de la dirección general de la Caja en La Floresta, donde se ventilaban los chismes de los medios y del gobierno, y el fallecido colega Julio Nieto Bernal hacía gala de estar muy bien informado. 

Por otra parte, quiero contarles que un gran amigo y exjefe, Jorge Guzmán Moreno, el gestor del teatro de bellas artes de Cafam en La Floresta, nos invitó a Isabel Cristina y a mí, dos años seguidos, al imponente concierto de música clásica de fin de año con los mejores del mundo que convocaba el 31 de diciembre a las 8 de la noche. 

Y no puedo pasar por alto, ya que menciono el teatro Cafam, reconocer que gracias al apoyo de su director Jorge Guzmán, en sus instalaciones lancé en 2010 la primera edición de mi libro Los mandamases de Colombia. 

Para seguir con el tema del teatro, tengo que destacar que hoy todavía me persigue Cafam. En sus instalaciones, con el apoyo del ahora director Fernando Barrero, se realiza la celebración del Día del Periodista que organiza cada año el CPB, del cual soy socio y miembro de su junta directiva, con la ceremonia de entrega de los premios de la Noche de los mejores. 

Y, allí también en el teatro Cafam, se realizaron algunas asambleas de la Asociación de Periodistas Económicos (APE), entidad de la cual también soy afiliado y miembros de su junta directiva. Hoy esos encuentros de cumplen en el auditorio de la universidad Cafam. 

Ahora, por estos años, también sigo fiel a Cafam. Los domingos, muy seguido, almuerzo con mi familia en el restaurante Los Alcaparros de La Floresta, donde ya nos conocen los meseros. Una cuña: buena carta, excelente y oportuna atención y buenos precios, que incluyen hasta el parqueadero. 

Bueno, mencioné antes el hotel Kualamaná, y resulta que encontré que hoy seguramente mi familia está entre los clientes que más visita sus instalaciones, pues vamos por lo menos seis veces al año. Y a propósito del Kualamaná, quiero destacar que, así como admiro todo lo que hace Cafam, también soy un crítico implacable. En varias ocasiones me he comunicado con servicio al cliente y he presentado quejas que, tengo que también decirlo, han sido resueltas. Como, por ejemplo, no permitir parquear carros a la entrada del hotel, obstaculizando el ingreso de ambulancias o carros de bomberos en caso de una emergencia. También me quejé en una oportunidad de la desinformación de algunos colaboradores cuando el usuario pregunta por algunos servicios. 

Pero no solo he sido cliente del Kualamaná, también del hotel Almirante por muchos años, donde algunos de los viejos empleados de Cafam todavía me recuerdan. 

Un gran futuro

Durante muchos años fui invitado especial a la entrega de los premios Mujer Cafam y obviamente siempre como periodista cubría esta información. 

No puedo pasar por alto compartirles a los que soporten leer estas líneas que, por allá a finales del siglo pasado, años 1998 y 1999 cuando como subdirector del noticiero Notiocho de Señal Colombia, llevaba a mis periodistas el fin de año a un pasadía que contrataba en el muy mencionado Kualamaná. En otra oportunidad estuvimos en las instalaciones recreativas y deportivas de la autopista norte con la calle 215, donde también disfrutaba con mi familia, y hasta antes de pandemia gozaba de su zona humada, refugiándome para pasar algunas tardes de pico y placa. 

Pero no solo tengo historia de Cafam Melgar y Cafam Bogotá. Por allá en 1989 fui con mi hijo Gabriel a las instalaciones de Cafam en Puerto Gaitán (Meta). Otro modelo de turismo con sabor llanero. 

En el 2018 fui invitado a un congreso internacional de mercadeo y comunicaciones en Cartagena de Indias, y no me perdí la oportunidad de ir y conocer el modelo vacacional de Cafam a la orilla del mar. Un mar que muchos colombianos han conocido gracias a los programas vacacionales de Cafam, que brinda la oportunidad a cualquier colombiano de ir estar en sus playas. 

Quiero, ahora, expresar que quiero seguir ligado a Cafam a través de todos sus servicios. Aclaro que no he sido usuario ni beneficiario de sus servicios de vivienda, crédito, la universidad, el colegio, subsidios y otros de los cuales gozan los millones de trabajadores de esta zona del país. 

Hoy, echo de menos los supermercados, los paseos con periodistas y muchas cosas más.  

Me gustaría ver un busto de Arcesio Guerrero a la entrada principal del centro vacacional de Melgar, y quiero disfrutar todo lo nuevo que nos prepara Luis Gonzalo en las obras que ya incluyen piscina con olas, desafiantes toboganes, la piscina con museo virtual, el río lento, la montaña rusa y la remodelación del hotel Kualamá. Y, en Bogotá, hay que destacar la puesta en servicio de una moderna clínica de alta complejidad, gran aporte para atender la pandemia. 

Voy terminando esta historia señalando que en la mayor parte de mi vida las empresas donde he trabajado han estado afiliadas a Cafam. Pero quiero también afirmar categóricamente que he sido cliente de otras cajas como Compensar y Colsubsidio, donde también he recibido una excelente atención. 

Bueno, se me quedan muchas anécdotas por fuera, pero no los canso ni los aburro más con este cuento que resulta ser la pura realidad de mi convivencia de más de medio siglo con Cafam. 

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Amílkar Hernández

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